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¡Bienvenido a Esí-Egó!, el sitio web de counseling (consultoría psicológica), pensamiento sistémico y coaching que te acercará estas nuevas propuestas de ayuda para el cambio, la transformación y el aprendizaje, fundados en la importancia constitucional de las relaciones humanas, sin las cuales TU y YO seríamos imposibles...


        Esí, en griego significa “tú”. Egó, nos es más familiar como raíz de numerosas palabras castellanas y de otras lenguas actuales, y significa “yo”. Así, entre tú y yo es como se construye la relación TU-YO (esí-egó): el mínimo nivel relacional en que el ser humano se constituye. El guión que une ambas palabras simboliza un lazo, una unión, un vínculo que es necesario e inseparable en la relación única que vive y se alimenta del tú y del yo.

        El filosofo austríaco de origen judío, Martin Buber, ahondó profundamente en la relación YO-TU, manifestando la importancia de la relación y los distintos modos de vivirla. 

      ¿Por qué en griego? Porque la fibra de la antigua Grecia aun resuena en nuestra cultura, en nuestras palabras, en nuestra humanidad. Este crisol entre el helenismo antiguo y la mística judía subyace en la cultura occidental, especialmente a través del cristianismo.

       Tomando prestado algunas de las ideas de éste gran filósofo, he decidido invertir el orden considerando la premisa de que TU estás primero y YO, presente, a tu lado, a tu disposición, no para decirte donde ir, sino para acompañarte adonde lo decidas. Este concepto va más allá de la relación de ayuda y alberga en sus profundidades la creencia fundamental de que ambos nos necesitamos para ser y para crecer sabiendo que mientras vivamos, estaremos de algún modo, conectados. Siempre necesitamos de un otro con quien constituirnos. La ilusión individualista se diluye en el silencio permanente, eterno que conlleva a la locura, y también se despedaza en la locura de la soledad, una soledad acaso ilusoria: la soledad de la locura.

 

¿Cómo es esto de “ser imposibles”?

 

      Consideremos esta sentencia: “el hombre es un ser paradojal que insiste en evadir su paradoja”. La primera mirada al mundo no es ante un espejo. El mundo aparece cuando lo percibimos, luego de nacer en él y, cuando desarrollamos la capacidad de preguntar, la primera pregunta que surge es por todo aquello que vemos en el mundo. Ya los antiguos comenzaron a preguntarse seriamente, al echar un ojo al mundo, “por qué es el ser y no mas bien la nada”, es decir, ¿por qué todo lo que hay aquí, ante mis ojos, existe y está aquí?.       Miles de años después nos encontramos con una abrumadora cantidad de respuestas surgidas en distintas épocas y con diferentes trasfondos explicativos que, en definitiva, nos han llevado a volver nuestra mirada, originariamente depositada en el mundo, hacia nosotros mismos. Esto incluye también, como no podría ser de otro modo, las palabras que usamos de modo que si alguna vez nos preguntamos por el “ser” de las cosas hoy nos planteamos “¿a que me refiero cuando hablo del ser?”. Este giro indica cómo es que el pensamiento se ha vuelto hacia el YO.      Un ejemplo claro de esta perspectiva evolutiva encontramos si observamos a un bebé, luego de un tiempo de desarrollo, notaremos que al ir adquiriendo el lenguaje se referirá a personas y objetos del mundo antes que a su propia persona. Cuando aprenda y use la palabra YO, habrá transitado por el mundo y, primero, nombrado a otro, a su mamá, antes que a si mismo.       Estas circunstancias nos muestran que la supervivencia y el desarrollo del ser humano no ocurren en el aislamiento pues, somos nosotros mismos varones y mujeres, individuos, sujetos, personas concretas que, salvo unas pocas situaciones fortuitas o experimentos curiosos (muy discutibles por cierto) históricamente registrados de total desamparo, desde nuestro nacimiento, nos hallamos rodeados de la compañía de otros seres humanos.       Es así como, si queremos hablar de una naturaleza humana, no podemos dejar de referirnos a “lo relativo de ser humano”, es decir, a una naturaleza relacional que se da en varios niveles: el familiar, el comunitario, el sociocultural y, por que no, global transcultural. Entonces, si volvemos a la pregunta original, cabe hacernos esta otra: ¿cómo es que nos libramos de la paradoja de ser “seres imposibles”?. Nosotros, los seres humanos, somos posibles gracias a las relaciones en las que nos hallamos desde que venimos al mundo y a las que vamos construyendo mientras permanecemos y crecemos en él.

 

Yo y tú, tú y yo... 

 

      La formación, el desarrollo y el fortalecimiento de nuestro YO, que crece paulatinamente en permanente contacto con el mundo (y especialmente con las otras personas en él) solo es posible gracias al otro, a ese otro que está presente, sea junto con nosotros o en confrontación.     

      Resumiendo, podemos decir que si bien el mundo aparece tan pronto aparece nuestro YO, considerada como nuestra capacidad de distinguirnos a nosotros mismos como algo único y especial dentro de un todo mayor, en ese mundo aparecen otros semejantes a nosotros, cada cual con su YO, donde su TU soy YO y donde mi TU son ellos y que compartimos este tiempo y espacio relacionándonos. Descontando entonces que la relación es inevitable, solo nos queda la enorme e inevitable responsabilidad de hacer de estas relaciones, interacciones y lugares enriquecedores, placenteros, de compañía y respeto, ya no por mi mismo o por el otro absolutamente desatendiéndome, sino por algo mayor que nos contiene, que es la relación que cotidiana y predestinadamente construimos. Para ello, la capacidad de volver la mirada hacia nosotros mismos para vernos como seres relacionales, resulta el paso fundamental, para vivir con sentido y dignidad como seres humanos.